
September 25, 1998
Encienda una Vela
Padre Thomas J. McSweeney,
Director de The Christophers
Y pasó otro 4 de julio, día de la Independencia, con sus tradicionales fuegos artificiales, bandas de música, discursos llenos de patriotismo y desfiles coloridos en distintas ciudades del país. Me atrevería a decir que, por lo menos una vez en la vida, todos hemos llegado a sentir ese orgullo, simplemente por ser norteamericanosquizás cuando hemos visto un soldado, un marinero o un veterano de guerra saludando la bandera. O quizás cuando hemos visitado Washington D.C. y nos hemos detenido frente al Lincoln Memorial.
Sin embargo pienso que para la mayoría de nosotros cuando nuestra nación, nuestra gente firma esas libertades gozadas por todos lo que realmente sentimos es más profundo que orgullo. Cuando observamos hechos y palabras que afirman nuestros ideales democráticos, percibimos la verdad y la esperanza.
Y eso es lo que sentí en Polonia en julio de 1970. Estaba enseñando teatro norteamericano durante un período de tres meses, como parte de un proyecto del Departamento de Estado de EE.UU. y la Universidad de Poznanen un centro de estudios de inglés para estudiantes universitarios de varios países, que en ese entonces estaban tras "la cortina de hierro".
Disfruté mucho las experiencias vividas con todos mis alumnos, pero algunos me invitaron a sus hogares y se convirtieron en amistades. En una oportunidad pasé unos días con la familia de uno de ellos en Varsovia, hasta que regresé a Estados Unidos. Jamás había gozado de tal hospitalidad, realmente abrieron sus corazones. Si yo admiraba algún plato o alguna pieza de cerámica, pues al día siguiente la encontraba en mi maleta. La comida, la vodka y la charla animada fluían con facilidad, y con un divertido sentido de sátira política de mis anfitriones.
Como esto ocurría en 1970 muchas de nuestras conversaciones enfocaron la participación de EE.UU. en la guerra de Vietnam. Mis amigos polacos estaban impresionados por las protestas que teníamos en EE.UU. contra la guerra, y que habían visto en los noticieros.
Una noche vimos el Festival Internacional de Sopot por televisión, un evento musical anual en Polonia desde 1963. Y nunca olvidaré la reacción de mis amigos cuando la cantante folklórica norteamericana Joan Baez apareció en la pantalla. Al principio me avergonzó un poco cuando ella cantó una de sus más apasionadas canciones de protesta "La novia de Saigón". Había rabia y desilusión en sus palabras y en su voz.
El padre de mi alumno notó mi incomodidad y se apresuró a comentar algo que yo no había notado. "Esto, para nosotros, es precisamente el genio de la democracia de Estados Unidos. Esta cantante tiene la libertad de criticar a su propio país desde un país comunista y luego pudiendo regresar a su país libremente, y seguir su misión. ¡Eso es Estados Unidos!"
Fué por cierto una buena lección de civismo. Yo no me había dado cuenta de que un acto de protesta es en sí mismo la afirmación de una de nuestras verdades más fundamentales. La actuación de Joan Baez provocó una conversación que se extendió hasta la madrugada, y que ha quedado en mi memoria. Al oir los sueños que mis amigos tenían sobre su país una década antes del movimiento de Solidaridad sentí un orgullo mezclado con humildad. Ví que Estados Unidos es una nación que asegura nuestro derecho de recrear la democracia cada vez que afirmamos esos derechos pacíficamente. Y me dí cuenta de que el orgullo no es una virtud a menos que nos haga ciudadanos alerta y activos.
Para obtener una copia gratis de ECOSC Cristóforos S-192 "Haga oir su voz" escriba a The Christophers, 12 East 48th Street, New York, NY 10017.