
November 5, 1999
Cuando Luisa comienza a relatarnos su historia parece revivir el dolor que conlleva días de sufrimiento y pavor. Conteniendo las lágrimas recuerda: "El crujir de la puerta de calle a la medianoche era el comienzo de mi pesadilla; al sentir la proximidad de aquellos pasos desaforados, un escalofrío me recorría la espina; lo único que podía hacer era cerrar los ojos, bajar la cabeza e intentar esquivar los golpes e insultos que irían a llegarme esa noche". Entre el silencio y el dolor que seguían, Luisa recuerda además lamentar el haber jurado ante un altar sagrado amar y respetar a ese hombre que le hacía daño.
Con el tiempo Luisa había aprendido muy bien a ocultar y maquillar los ojos rojos por el llanto y los párpados morados por los golpes. Cuando la crisis nocturna no dejaba heridas, dejaban sellos impresos en la mente como resultado de los insultos a los que se sometía todas las noches.
Para quien no vivió una experiencia similar, este puede parecer un caso increible. A veces nos aceleramos a expresar que a las víctimas les gusta ese abuso; les gusta las golpizas y es por eso que no intentan salir de una relación abusiva. No es posible generar una opinión más equivocada ya que como lo señalan vastos estudios psicológicos, las víctimas de la violencia doméstica desesperadamente quieren que el abuso termine. Contrariando a las especulaciones comunes, las víctimas si buscan ayuda, llamando a la policía o pidiendo ayuda a parientes o amigos. Pero a veces el mismo silencio se convierte en una táctica de sobrevivencia; ella misma se convierte en un escudo humano para el bienestar de las otras víctimas inmediatas de una relación abusiva, los hijos.
"Las heridas de los golpes no dolían tanto como esa amenaza de apartarme de mis hijos". Silenciada y dominada con ese chantaje, Luisa permaneció 17 años al lado de su esposo.
Aunque los hijos son generalmente el chivo espiatorio de los abusadores, existen otro tipo de amenazas de las que se valen para ganar el silencio de sus víctimas. La palabra "deportación", espanta a cualquier inmigrante que llega a este país. No es menor el miedo de algunas mujeres que en nombre del codiciado "greencard" o de un permiso de trabajo, atraviezan un calvario de abusos.
Leslie Orloff, Directora del programa para mujeres inmigrantes del fondo de defensa para la mujer, (NOWLEDF) de los Estados Unidos, señala que generalmente la mujer inmigrante piensa que al denunciar los abusos y ultrajes por parte de su conyuge, pondrá en riesgo su estatus legal. Sin embargo, según indica Orloff, muchas mujeres no están conscientes que las leyes amparan a la mujer abusada, independientemente de sus estatus migratorio en este país. Si una mujer está tramitando sus papeles de residencia o el permiso de trabajo al haber contraído matrimonio con un ciudadano o residente legal de este país, y es víctima de abusos o amenazas por esa misma persona, es muy probable, como indica NOWLEDF, que la víctima pueda continuar el trámite por su propia cuenta. Lo primero que debe hacer es denunciar al agresor.
Según cifras oficiales, un tercio de las mujeres en los Estados Unidos es víctima de la violencia doméstica. De la misma forma, estudios realizados por organismos internacionales, señalan que la violencia doméstica sobrepasa las diferencias raciales, étnicas o religiosas.
Pero aunque resulta muy fácil decirlo, la denuncia parece ser el paso más difícil para una mujer víctima de abusos. "Me costó 17 años de armarme de valor y llamar a la policía" dice Luisa "Jamás lo conseguí" añade. Fué más fácil alistar sus pertenencias más preciadas, sus tres hijos, aprovechar una mañana radiante en la que su marido estaba ausente, y huir, lo más lejos posible sin importar cruzar uno o dos continentes.
Quince años después Luisa todavía despierta sobresaltada a media noche. Una que otra pesadilla la transportan repentinamente a su pasado, pero un vaso con agua y un suspiro de alivio, le recuerdan que está en un país extranjero a miles de kilómetros de su otrora agresor. Tampoco olvida que ese hombre, continúa siendo el padre de sus dos hijos varones y de su hija mujer. Para Luisa lo más importante es que sus hijos también puedan borrar esa imagen negativa de su padre. "El miedo que sentía" dice Luisa se ha ido convirtiendo en lástima".
Resulta asombroso el que las únicas opciones de una víctima de la violencia doméstica sean la submisión, la fuga y hasta el destierro. Las víctimas no son solo mujeres que conviven matrimonialmente; las señales de alerta, pueden darse al enamorar y durante el noviazgo. El respeto corre siempre el riesgo de perderse. Pero para uno de nosotros puede y debe intentar cambiar esa realidad o evitarla. Independientemente de nuestro género debemos abrir los ojos a los abusos y no esperar un minuto más para reportarlos.
El miedo a la soledad nos puede también postrar y convertirnos en víctimas de innumerables abusos. Antes de ceder a esos abusos pongamos atención a una sabia frase que dice: "más vale estar sola que mal acompañada".
Un golpe, una amenaza o un insulto por parte de su conyuge constituyen el abuso doméstico. No aportemos a su perpetuación y actuemos hoy mismo. Si usted es víctima de la violencia doméstica o conoce a alguien que necesita ayuda, póngase en contacto con la Red Hispana hoy mismo al 1-888-SU-RADIO, 1-888-898-2346.