May 29, 1998



Un Minuto Con El Obispo Gilberto E. Chávez

Todos Tenemos Hambre

Se cuenta que un niño de ocho años por vez primera asistió a un campo de verano para aprender el juego de fútbol soccer. El niño llevaba su almuerzo y pasaba el día escuchando al técnico y jugando con el balón. Cuando el niño regresó a su casa esa tarde, su mamá le preguntó cómo le fué en su entrenamiento. El chico se sintió satisfecho de su participación. Cuando su mamá le preguntó por qué no se había comido el almuerzo, el jovencito respondió que le faltaba amor a la comida y no deseaba comerla.

El chico se adaptó fácilmente a sus compañeros y técnicos, pues sentía la atención y el interés de parte de su equipo. Al ver los alimentos no sentía nada de calor humano y los dejaba a un lado para seguir practicando. Este niño tenía hambre de jugar con sus compañeros. El sentía la relación humana e interés mutuo de ayudarse en su encuentro con el balón. Para él ese amor o atracción hacia el juego y cooperación con el equipo lo hizo sentir especial.

Nosotros los humanos tenemos dos grandes atracciones, una hacia lo material y sus productos y otra hacia lo espiritual y sus derivados. Aquí en California somos super atraídos a las cosas materiales, vivimos como enamorados de lo que se puede fabricar con las nuevas técnicas. Muchas personas cargan teléfonos privados o sistemas para recibir llamadas. Nos podemos comunicar muy fácilmente.

En el mundo de las computadoras vemos cómo en un instante estamos en comunicación con millones de personas ó corporaciones. Vivimos en un mundo de comunicaciones instantáneas y antes durábamos meses para lograr esa relación.

Es claro que tenemos hambre de lo material y muchos vemos que somos esclavos de los objetos materiales. También es obvio que hemos perdido el amor hacia lo espiritual. Pensar y actuar con un sentido espiritual nos es difícil. Carecemos de ese aprecio a lo espiritual y no desarrollamos ese valor. Parece ser que preferimos lo presente y queremos negar el futuro de nuevas vidas. En otras palabras, negamos la importancia de Dios y la vida espiritual. Todos tenemos hambre de Dios pero apagamos esa sed con objetos materiales y los aparatos técnicos.

Somos claramente casi esclavos de lo material y es difícil romper las cadenas. Si abrimos nuestro corazón a Dios y a la vida espiritual, El nos va a ayudar a desarrollar la vida de amor, de paz y de justicia.

Esperemos que todos ten-gamos esa hambre espiritual que Dios desea saciar con sus dones.

Gilberto E. Chavez

Obispo Auxiliar de San Diego