
May 21, 1999
Un mal día en enero de 1995, Rodney Hulin, un muchacho tejano de 16 años, ni sospechaba que la especial diversión que había elegido para esa mañana iba a condenar a su felicidad y a la de su familia a cadena perpetua. Con un amigo construyó un cóctel molotov, lo prendió y lo arrojó contra una cerca cubierta de nieve en un descampado. La travesura no causó heridos, ni más daño que el sufrido por los postes y el alambre.
A causa de las inflexibles leyes de Tejas, Rodney fué condenado a ocho años en una penitenciaría junto con algunos de los presos más peligrosos del estado. El calvario que le esperaba comenzó en el momento de ser internado, cuando se le confiscó su medicina contra la depresión. Fué como soltar a un cordero dentro de una madriguera de lobos. Después de unos días, Rodney no se atrevía ni a salir de su celda, la cual compartía con un criminal que hirió a balazos a dos personas durante sendos robos. Rodney ya había recibido varias palizas y era la presa sexual apetecida por decenas de residentes.
Tras varias espantosas semanas, escribió la última carta que recibiría su padre, en la cual decía: "Papá, escúchame y escúchame bien. He sido violado. En unos días me van a examinar para ver si tengo el virus del SIDA. Papá, tengo mucho miedo, miedo de que voy a morir aquí. Quiero vivir contigo cualdo salga... si salgo vivo". Poco tiempo después, Rodney se ahorcó en su celda.
El caso de Rodney Hulin es sólo un ejemplo más de los efectos de un sistema penal cruel que trata a muchachos, e incluso niños de sólo 13 años de edad, como a criminales peligrosos. Cada año, unos 6,500 menores de 18 años son internados en prisiones de adultos en EEUU. Algunos por cometer graves crímenes; pero otros muchos por faltas tan significantes como no ir a la escuela, escaparse de casa o no obedecer el toque de queda para menores.
Esta forma demencial de tratar los problemas propios de la juventud está convirtiendo a las cárceles del país en universidades del crimen. Si los muchachos logran salir vivos de esos pudrideros sociales, lo hacen convertidos en criminales expertos con una lista completa de razones para vengarse de la sociedad que los maltrató. Salen también con profundas cicatrices emocionales.
En las prisiones para adultos se cometen el quíntuple de violaciones a presos juveniles que en reformatorios para muchachos. Según Mark Soler, del Centro Legal para la Juventud, "un muchacho en una cárcel es una invitación abierta a la violación". De hecho el abuso sexual es tan endémico que más de un tercio de las muertes en prisión son a causa del SIDA.
El olvido y desprecio que estos muchachos reciben de las autoridades despierta la indignación más profunda. Según un reciente estudio de la Universidad de Yale, la mitad de los presos juveniles sufren una enfermedad mental que requiere tratamiento. Cuando estos jóvenes son internados en estas prisiones normalmente sucias e infestadas de insectos y ratas la depresión se adueña de ellos, a menudo con terribles consecuencias. Rodney Hulin, por ejemplo, informó inútilmente tres veces al director de la prisión sobre su depresión clínica.
Lo que también es deprimente es que esta injusticia podría muy bien empeorar. En la histeria contra el crimen que viven EEUU, los políticos no se cansan de endurecer las penas ni de rechazar combatir las causas, como la pobreza, el racismo y la ignorancia. El último palo de ciego es una propuesta que está debatiendo el Senado Federal llamada S. 254.
La medida haría aún más fácil que un muchacho sea juzgado y condenado como un adulto. Reduciría de 16 a 14 la edad federal mínima para poder juzgar a un menor como adulto. Convertiría varios delitos no violentos en merecedores de prisión adulta. Y lo peor de todo: la sentencia que recibiría un menor sería inapelable. Eso de la piedad debe ser sólo para beatos. Adivinen quienes sufrirían con más intensidad los efectos de la S. 254. Exactamente, las minorías. Los jóvenes minoritarios forman el 33% de la población total. Pero nada menos que el 70% de los presos juveniles del país son miembros de minorías.
El sistema penal de EEUU, y la S. 254 si se convierte en ley, es como un cóctel molotov en manos de una histérica clase política. Usted puede ayudar a que la felicidad de decenas de miles de jóvenes no sea condenada a cadena perpetua. Llame al teléfono central del Senado, 202-224-3121, y pida hablar con su senador para oponerse a la S. 254 y a que las cárceles del país se conviertan en universidades del crimen.
¿Ha sido usted víctima o conoce alguna víctima del sistema penal juvenil? La Red Hispana puede ayudarlo. Llame gratis al 1-888-SU-RADIO, 1-888-787-2346.