
May 7, 1999
Nunca habrá elogios suficientes para la mujer que es madre.
Ella engendra y transmite. Ata el pasado con el futuro. Da continuidad a la historia de la humanidad. Ejerce la función del amor comunicativo. Encarna el misterio de la vida. Recibe y entrega. Ensancha el mundo material y el mundo espiritual. Embellece el universo. Sin embargo...
Si la madre entiende la maternidad como una misión que la liga exclusivamente a la generación y educación de los hijos, no es realmente madre, sino mujer a medias; se queda ciega para advertir sus otros compromisos y deberes. Esto pasa cuando para la madre sólo existe el hijo, y nada más, y nadie más.
La mujer que es madre, es también esposa, hija, hermana, amiga, ciudadana, afiliada a una religión, miembro de una comunidad... Por eso, al mito de una maternidad que sólo es instinto de madre, hay que oponer la verdad de una maternidad que es concepto responsable: no la madre que se cierra en torno a sus hijos, sino la madre que por sus hijos, se abre a los demás, a lo demás.
Si la mujer que es madre sabe jerarquizar todas estas relaciones y deberes, lejos de disminuir su misión maternal la complementa y la enriquece.
No se opone, sino por el contrario se solda, saber ser madre con saber ser esposa; educar al hijo y educar el ambiente en que vive el hijo; amar a quienes engendró y amar a quienes no engendró.
Una maternidad mal entendida enajena a la mujer. La vuelve, no madre, sino esclava de sus hijos, aunque ella esté convencida de estar cumpliendo como mártir un deber que no admite compartirse. Sus hijos. Ellos son lo primero y lo único.
La mujer que es madre, para ser mejor mujer y mejor madre, precisa preocuparse de sí misma. Es decir, conformar su personalidad, cuidar su salud, aumentar sus conocimientos, fraguar su carácter, atender su presentación externa, procurar el descanso a la diversión estimulante.
La mujer que es madre, para ser más mujer y más madre, necesita preocuparse del marido. Su primer amor. Su deber esencial. A su esposo le debe también la alegría y el compromiso. No ama a los hijos la madre que desama al marido. Ni se preocupa de ellos, ni se despreocupa de él. El amor tendrá diversos tonos, como los tienen los instrumentos musicales, de una manera amará al hijo, de otra al marido, pero el amor filial no será jamás el pretexto para extirpar el amor conyugal. Dime qué tan buena esposa eres, y te diré qué tan buena madre eres.
La mujer que es madre, para ser plenamente lo uno y lo otro, además de cumplir con las urgencias domésticas, se expansiona a la comunidad. Se interesa al vivo por cada uno de los estableci-mientos sociales en los que su hijo vive y se forma, Llámese escuela, iglesia, deporte, trabajo, medios de comunicación, patria, mundo... Todo lo que es también su casa y la casa de sus hijos.
Hay una maternidad que alienta: cuando la madre se enclaustra exclusivamente en sus hijos. Hay una maternidad que libera: cuando la madre precisamente por entregarse con responsabilidad luminosa a sus hijos, cuida y ama y trabaja en favor de su propia responsabilidad, de su esposo y del mundo.