March 26, 1999


Hispanic Radio Network/La Red Hispana
LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Javier Sierra

La Vida es Bella

Transcurría la ceremonia de los Oscares con los ha-bituales altibajos de este entrañable y tedioso ritual del que somos adictos cientos de millones de seres humanos. Como es costumbre, todo empezó con la llegada del firmamento hollywoodense al recinto del acto —este año el Dorothy Chandler Pavilion— para participar en el pase de modelos más glamoroso del planeta.

La ceremonia comenzó con la espectacular aparición de la anfitriona, Whoopi Goldberg, disfrazada de Reina Isabel I de Inglaterra. Con la cara maquillada de blanco —ella es afrocamericana— cargada de joyas y atiborrada de adornos, la actriz arrancó la primera gran carcajada de la noche anunciándose como "La Reina de Africa".

Pero el terremoto de los Oscares llegó media hora más tarde de la mano de la inconfundible Sofía Loren, la encargada de anunciar el ganador a la Mejor Película Extranjera. La Gran Diva del cine italiano estaba visiblemente nerviosa ya que una de las nominadas era la Vita E Bella (La vida es bella) de su compatriota y amigo el director Roberto Benigni. Con las manos temblorosas Loren rasgó el sobre, y rompiendo todos los protocolos, gritó "¡Roberto!" fué como el pistoletazo de salida de los 110 metros vallas. Benigni saltó encima de la butaca frente a él, tambaleándose, y con la ayuda de algunas de las estrellas más veneradas de Hollywood, siguió brincando de respaldo a respaldo, entre la algarabía general, hasta que llegó el escenario donde Loren le dió el abrazo de su vida.

Para entonces la mitad del teatro se secaba las lágrimas y la otra mitad tragaba duro para contenerlas. Pero Benigni, con su discurso en inglés destartalado, sirvió de pañuelo colectivo.

"Dejo el Oscar si te vienes conmigo, Sofía, porque tu belleza me conmueve", le dijo a una Loren derrotada por la emoción. "Quiero besarlos a todos", continuó dirigiéndose a una audiencia rendida a sus pies. "Quiero zambullirme en este oceáno de generosidad, en este granizo de gratitud y bondad".

Las emociones regresaron de nuevo a la palestra cuando la actriz Helen Hunt anunció que Benigni también logró el Premio al Mejor Actor. Al oirlo, brincó de su butaca, empezó a correr por el pasillo, dió la mano a Warren Beatty y Robin Williams, empezó a repartir besos a diestro y siniestro y encandiló a la audiencia con un discurso aún más loco. "Es un error tremendo. No sé qué decir. Se me acabó el inglés. Mi cuerpo es un tumulto porque es un colosal momento de alegría".

¿Por qué traer a este maravilloso payaso a las líneas de nuestra columna? La explicación es La Vita E Bella, la obra que produjo, dirigió y escribió. Se trata de una fábula burlesca que se desarrolla en la Italia de 1939, el año en el que la calamidad del Holocausto Nazi se precipitó sobre ese país. Benigni interpreta el papel de Guido, un padre judío enamorado de su familia, que trata de ocultar con su ingenio el horror que les rodea. Mientras su esposa viaja en un tren hacia un campo de concentración, Guido convence a su pequeño hijo que todo es un juego y que el premio del ganador es un tanque. Eso sí, está prohibido llamar a la madre.

Mientras escribo estas líneas y las fuerzas de la OTAN se alistan a bombardear Yugoslavia, la historia de Guido y Roberto se convierte en un ensordecedor grito de esperanza para una humanidad que parece haber olvidado la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Después de la limpieza ética que hemos visto en las ciudades y pueblos de la antigua Yugoslavia, y ahora en Kosovo, el espíritu imbatible de Guido y la alegría desbordante de Roberto llegan como agua de mayo.

Entre los alocados discursos de agradecimiento de Benigni, hay dos frases especialmente bellas. En una agradece a sus padres el mayor de los regalos: la pobreza. En la otra, declara que su película es un tributo a las víctimas del odio. Quizá a Yugoslavia no llegó la transmisión de los Oscares.

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