
March 19, 1999
Hace unos días la Secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright visitó China con la maleta llena de pólvora diplomática. El propósito del viaje al gigante asiático no era sólo reforzar los intensos vínculos comerciales entre los dos países, sino también censurar el lamentable historial de derechos humanos del gobierno de Beijing. En concreto, la secretaria quería dejar claro el disgusto de su país por el acoso y encarcelamiento de disidentes chinos. Pero la ofensiva de Albright se vino abajo por la retaguardia.
Las críticas de la secretaria se convirtieron en pólvora mojada cuando, durante su visita, las Naciones Unidas hicieron público el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico sobre el genocidio cometido por las Fuerzas Armadas Guatemaltecas contra la población Maya del país. Según el reporte, EEUU ayudó, asesoró y encubrió el exterminio sistemático de hombres, mujeres y niños por parte del ejército. El gobierno chino se preguntó con qué autoridad moral podía EEUU censurar a cualquier país después de haber asistido al ejército de Guatemala en una carnicería que le costó la vida a 200.000 personas, en su mayoría civiles indefensos. Era el burro hablando de orejas.
Pero después de todo, a Albright le pudo haber ido peor. El ridículo hubiera sido monumental si otro informe se hubiera hecho público durante su visita a China. Se trata del reporte de Amnistía Internacional, publicado el 4 de marzo, sobre las violaciones a los derechos humanos de las prisioneras en EEUU. Bajo el título No es parte de mi sentencia, el estudio detalla los abusos y vejaciones que sufren miles de presas en las cárceles de este país. El informe agrupa estos abusos en tres categorías.
Primero, abuso sexual. El reporte indica que "muchas mujeres en cárceles de EEUU son víctimas de violaciones y otras formas de abuso sexual". Añade que los guardias con frecuencia usan lenguaje sexualmente ofensivo, tocan los senos y los genitales de las prisioneras durante registros y las observan mientras se bañan o usan el inodoro. En una presión federal de California, los guardias no sólo violaron a varias prisioneras sino que también permitieron que presos las violaran a cambio de dinero y otros favores. El informe recuerda a las autoridades penitenciarias norteamericanas que las leyes internacionales consideran tortura la violación de una prisionera por parte de un guardia.
Segundo, el abuso de la inmovilización. Según Amnistía Internacional, es común que las prisioneras en EEUU sean encadenadas de pies y manos cuando reciben tratamiento médico o incluso cuando dan a luz. Esto se hace no sólo con prisioneras consideradas "peligrosas", sino también con reclusas que jamás han dado problemas ni han cometido crímenes violentos. Una prisionera testificó que dió a luz sola en el quirófano gritando y esposada a la cama. Otra, que fué encadenada a la cama inmediatamente después de sufrir una cesárea en el parto a pesar de las órdenes contrarias del doctor.
Y tercero, la falta de cuidado médico. A pesar de los convenios internacionales y las leyes estadounidenses, muchas cárceles niegan cuidados médicos adecuados a las prisioneras, incluso en casos de emergencia. Una reclusa en Arizona comenzó a dar a luz de noche en su celda. Sangrando y entre terribles dolores, la prisionera suplicó atención médica. Pero los guardias le contestaron que el médico ya se había ido. A la mañana siguiente, la mujer se desmayó y fué llevada a un hospital. Pero de nada sirvió para salvar la vida de su bebé.
Ejemplos estremecedores como éstos, abundan en el informe. Y la causa principal de esta vergonzosa situación es que el sistema penitenciario norteamericano no está preparado para alojar a sus casi 140,000 prisioneras. La llamada guerra contra las drogas ha multiplicado por dos el total de reclusas en sólo 10 años. Más del 40% de los guardias son hombres, y las instalaciones en muchos casos no responden a las necesidades íntimas de una mujer. Y las minorías, como siempre, pagan el precio más alto. Una hispana tiene cuatro veces más de posibilidades de ser encarcelada que una blanca. Una afroamericana, ocho veces más.
El informe incluye nume-rosas recomendaciones: que las reclusas sean vigiladas exclusivamente por mujeres, que se prohiba cualquier contacto sexual entre el guardia y la prisionera, que se encadene sólo a las presas consideradas peligrosas y nunca a una reclusa embarazada, que se obedezcan las leyes nacionales para que estas mujeres reciban cuidado médico adecuado, especialmente si se trata de urgencias. En suma, el estudio insta a EEUU a que haga cumplir las normas de derechos humanos fundamentales reconocidas por el mundo civilizado.
Como dice el refrán, el movimiento se demuestra andando, y a EEUU le falta un buen trecho que recorrer para poder criticar el historial de derechos humanos de otros países.
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