March 19, 1999


Commentario

La Herencia Mexicana en el Sudoeste Norteamericano

(Parte I de tres)

por Jacob G. Hornberger

PROLOGO

Durante varias décadas, el gobierno federal ha librado una guerra contra los inmigrantes mexicanos que intentan entrar a Estados Unidos. Les ha disparado con armas de fuego en confrontaciones violentas y ha llegado hasta matarlos. Los ha encerrado en centros de detención. El gobierno federal ha gastado millones de dólares en construir una muralla fortificada en la frontera de California con México. Ha convertido en un crimen el contratar a los trabajadores indocumentados. Ha invadido hogares y negocios en busca de gente que deportar.

En el corazón de esta política de tantos años, radica una premisa fundamental: que sería algo malo si los mexicanos pudieran entrar libremente a Estados Unidos. Esta premisa, ¿es válida? Si no lo es, ¿no sería, pues, mucho más racional y humanitario, sencillamente poner fin a la guerra contra la inmigración, y abrir la frontera al libre movimiento de gente y mercancías? Un resúmen de la herencia mexicana en el sudoeste norteamericano, podría asistirnos a cambiar de la política de guerra y enemistad, a otra nueva de amistad y apertura para con nuestros vecinos del sur.

 

EL IMPERIO DE ESPAÑA

Antes de México ganar su independencia de España en 1821, el imperio Español se extendía de la América Central hasta las tierras que hoy día incluyen los estados norteamericanos de Texas, Nuevo México, Arizona y California. Estos territorios también comprendían partes de los estados actuales de Utah, Colorado y Nevada. Los españoles trataron de atraer gente que colonizara estas comarcas septentrionales de la Nueva España, pero con poco éxito. El territorio desolado y las incursiones de los indios servían para disuadir a los colonizadores.

Cuando España acepta la independencia de México en 1821, al cabo de diez años de revolución, todo este gran territorio se hace parte de la nueva nación mexicana. Para desalentar la infiltración de extranjeros a las partes norteñas de su país, las autoridades mexicanas también hacen lo que pueden por atraer al norte a sus propios ciudadanos. Pero ellos igualmente sólo tienen un éxito parcial. La población mexicana en el norte permanece relativamente escasa.

Es importante tener en cuenta que todos estos territorios —así como casi todo el pueblo que allí vivía cuando México ganó su independencia— eran españoles y mexicanos. La lengua y la cultura, eran españolas y mexicanas. La gente comía comida española y mexicana. Aprendían la historia de España, de México y de los indígenas. El sistema político y económico se basaba en el de España. Los pueblos y las ciudades tenían nombres españoles: San Diego, Los Angeles, San Francisco, El Paso, San Antonio. La mayoría de los habitantes de esta región eran tan españoles y mexicanos, como los habi-tantes de Massachusetts y Virginia habían sido británicos.

 

TEXAS SU IMPORTANCIA EN NUESTRA HISTORIA

La historia de Texas es crítica para la de los pueblos del Sudoeste — mexicanos, méxicoamericanos, y angloamericanos. En el año 1822, con el permiso del gobierno mexicano, Stephen F. Austin (quien dió su nombre a la

capital estatal) comienza a llevar inmigrantes norteamericanos a Texas, un territorio en el estado mexicano de Coahuila. A cambio de recibir permiso para establecerse en México, los inmigrantes han de convertirse en ciudadanos mexicanos, de jurar lealtad a México, y de aceptar el cumplir con las leyes mexicanas. Los colonizadores reciben terrenos a precio barato y la promesa del gobierno mexicano, de quedar exentos de aranceles durante siete años.

Texas empieza a ser inundada de colonizadores norteamericanos, y éstos en poco tiempo llegan a ser muchos más que los mexicanos. Por ejemplo, hacia fines de la década de 1820, ya hay unos 25.000 mexicanos de origen estadounidense en Texas, en comparación con unos 4.000 mexicanos de habla española.

La Constitución Mexicana de 1824 había garantizado un tipo federal de gobierno, descentralizado. Es decir, el país había de constar de estados particulares, cada uno autónomo dentro de su propio territorio, parecido al sistema de Estados Unidos en el siglo pasado. El gobierno central mexicano había de tener poca ingerencia sobre los asuntos de cada estado.

En 1834, Antonio López de Santa Anna asume la presidencia de México. Preconizando el concepto de un Estado fuerte y centralizado, Santa Anna desecha la Constitución de 1824 y, desde la capital nacional en Ciudad México, comienza a reglamentar la vida de los habitantes de los diversos estados mexicanos, de manera parecida a como hoy día el gobierno de Estados Unidos lo hace con el pueblo norteamericano desde Washington, D.C.

Para entonces, el plazo de siete años de exención de los aranceles de que habían gozado los américomexicanos, ya se ha vencido. Santa Anna declara que van a ponerse aduanas por la frontera oriental de Texas con Estados Unidos. Además envía tropas mexicanas a Texas para mantener el orden. En su creencia que los inmigrantes américomexicanos, entre ellos ilegales norteamericanos, amenazan a México con su idioma y cultura extranjeras, Santa Anna cierra la frontera del territorio de Texas a la inmigración angloamericana. Los américo-mexicanos se sienten agraviados por la imposición de aranceles y de controles a la inmigración. Consideran tiránicas estas medidas, y recurren al gobierno mexicano buscando reparación de agravios. Pero el proceso de petición nunca había sido parte del sistema mexicano ni del español, y el gobierno mexicano trata la petición como una amenaza ilegal a su autoridad. Santa Anna toma el puesto de comandante en jefe, y lleva al ejército mexicano al norte para poner fin a la creciente resistencia.

En una antigua misión en San Antonio, El Alamo, se encuentran atrincherados unos 180 hombres, entre ellos William Barrett Travis, David Crockett, y James Bowie. Las fuerzas de Santa Anna suman unos 4.000. A medida que las tropas mexicanas rodean el Alamo, Santa Anna alza el estandarte de "guerra sin cuartel", lo cual significa que no han de tomarse prisioneros. Las fuerzas de Santa Anna atacan, y todos los defensores del Alamo caen.

No obstante, poco después de la batalla del Alamo, el ejército de Santa Anna es derrotado por las fuerzas de Sam Houston en San Jacinto, Texas, y Santa Anna queda prisionero. A cambio de perdonársele la vida, Santa Anna consiente personalmente a que Texas se convierta en una nación indepen-diente, luego de lo cual regresa a México en desgracia.

Sin embargo, existe un gran problema con este acuerdo: el Congreso mexicano nunca llega a ratificarlo. México no reconoce a Texas como país independiente, y sigue reclamando el territorio. Durante varios años después de la batalla de San Jacinto, el gobierno mexicano sigue enviando tropas a Texas, pero rápidamente las retira para no provocar un conflicto prolongado con los tejanos.

Un agravante lo fué la decisión de Texas de considerar el Río Grande la frontera sureña, pese a que el límite meridional del territorio tejano, remontándose hasta la época del imperio español, siempre había sido el Río Nueces, que corre más o menos paralelamente a unas 125 millas al norte del Río Grande.

LA GUERRA DE 1846

Por lo tanto, diez años después, en 1846, hay dos asuntos contenciosos. En primer lugar, ¿es Texas verdaderamente un país independiente, en virtud de su revolución exitosa y del acuerdo con Santa Anna? Los tejanos dicen que sí, y los mexicanos que no. En segundo lugar, si los tejanos tienen razón, ¿cuál es la frontera del sur del país nuevo (y, por ende, la frontera del norte de México): el Río Nueces, o el Río Grande a 125 millas más al sur, como dicen los tejanos?

Estas dos cuestiones, por supuesto, cobran suma importancia para los pueblos de México y de Texas. Pero es más aún así para los residentes de Texas que toda la vida han sido ciudadanos mexicanos, y en particular para los que viven en la franja de territorio entre el Río Grande y el Río Nueces.

Por ejemplo, mi ciudad natal de Laredo, establecido por el Capitán Tomás Sánchez en 1755, se encuentra en la ribera norte del Río Grande y, por lo tanto, dentro de la franja controvertida. En 1840, cuatro años después de la batalla de San Jacinto, los estados mexicanos de Tamaulipas y Nuevo León, también indignados con la dictadura del gobierno mexicano, declaran su independencia de México, y Laredo, pese a ser reclamado por Texas, se convierte en la capital de la nueva República del Río Grande.

El gobierno mexicano logra suprimir la rebelión a los nueve meses, pero los habitantes de Laredo optan por mantenerse leales a México y no a Texas.

Las cuestiones de las fronteras políticas finalmente las deciden la guerra de 1846 entre México y Estados Unidos, y el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848. La guerra y el tratado de paz también hacen más complicados que nunca los asuntos de familia, idioma, historia y cultura a lo largo de la frontera del sur de Estados Unidos.

(Jacob G. Hornberger es fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation, en Fairfax, Virginia, y corredactor del libro, "The Case for Free Trade and Open Immigration" ["El Caso a Favor del Librecambio y la Libre Inmigración"] ).

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