June 18, 1999


Un Minuto Con El Obispo Gilberto Chavez

Recordando Mi Ministerio

Existe una anécdota de dos personas, una de ellas es un niño de 10 años y la otra una anciana de ochenta. El niño de nombre Juan pertenecía a una familia de cuatro: papá, mamá y su hermanita.

Siendo la familia pequeña y viviendo fuera de la ciudad Juanito no conocía a mucha gente solamente a sus amigos de escuela. Pero en la casa su único amigo era su primito, llamado El Chato. Ellos eran amigos fieles y vivían una amistad alegre, pero incompleta pues no tenía más con quien platicar.

Un sábado sus padres llevaron a la familia a un parque para descansar donde también había un lago con muchos patos y pájaros. El niño Juan se acercó a una mesa para dar de comer a los patos y aves. Mientras los alimentaba llegó una señora y comenzaron a platicar amenamente. En el transcurso de su plática la señora le pidió un taco de su almuerzo. Juanito compartió con alegría su comida con la amable señora.

Los dos siguieron platicando y parecía como si fueran amigos. Por fin la señora le pide una fruta y también Juanito se sintió alegre y generoso con la señora.

Más tarde los padres de Juanito le preguntaron que con quien platicaba tanto. Juanito respondió espontáneamente diciendo: esta tarde conocí a una anciana, y esa persona era Dios. Esa anciana que me trató con dulzura y ponía atención a todas mis palabras. Ella comprendía todas mis expresiones y me sentía comprendido y aceptado. Realmente era Dios.

La señora al llegar a su casa también le preguntaron cómo había pasado su día. Ella explicó que la pasó muy bien y feliz porque había encontrado a un niño de 10 años maravilloso. En realidad había encontrado a Dios en ese niño. Sí, el niño había compartido su alegría, sus intereses y su comida con la anciana: había encontrado un tesoro, un amigo que en realidad es Dios.

Ellos encontraron a Dios en una señora y en un niño. También a través de mis 25 años de servicio en el ministerio de obispo he conocido a Dios en mi propia experiencia. Yo conocí a Dios en primer lugar en mi abuelita, Cuca. Ella fué Dios para mí, llena de amor sincero y profundo, repleto de delicadeza, cariño, comunicación y amistad. Ella solamente buscaba cómo darse a sus nietos.

Después conocí a Dios en el Padre Teodoro Sánchez que nos cuidaba y nos llevaba al río prodigándonos fruta y refrescos y también nos llevaba en su viejo coche a la playa del pacífico. También conocí a otro hombre santo: al Padre Omaña que siempre veía el lado bueno, alegre y positivo de la vida. La vida para el era un piano para tocarlo a la vida.

El Papa Paulo VI, el Obispo Oscar Romero, el Obispo Samuel Ruiz y muchas otras pesonas que incluyen sacerdotes, religiosas y muchísimos laicos. Las guadalupanas y los otros Movimientos me recuerdan la presencia y la gracia de Dios en este mundo.

Existen millones de maneras de experimentar la presencia de Dios en este mundo. Cada vez que escucho a personas que defienden los derechos de los hispanos y también lo de otras minorías, escucho la voz profética de Dios que nos ama y nos cuida con su poder y sabiduría. Nadie está solo en este mundo porque Dios nos ama, pero ama de un modo especial a los pobres.

Al cumplir 25 años de servicio al pueblo de Dios, le doy gracias por otorgarme este tiempo de sembrar y sentir la presencia de Dios en estas tierras. Como dijo el Arzobispo Oscar Romero, nosotros solo sembramos sin ver el fruto. El futuro reconocerá el trabajo de sacerdotes y personas que han dado su vida para servir a Dios y a la comunidad, especialmente la pobre.

+ Gilberto E. Chavez

Obispo Auxiliar de San Diego

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