
June 18, 1999
EDITOR'S NOTE: El asesinato del animador mexicano Paco Stanley y las reacciones que ha provocado revelan la separación creciente entre la ilusión y la realidad en México. En ese sentido, México se parece más y más al resto de Norteamérica, donde la frontera entre ficción y realidad, entre norte y sur, se está empañando.
By Richard Rodriguez
PACIFIC NEWS SERVICE
En las Américas, pocos países son expertos en temas de magia como México. Lo romántico, la ilusión y la cocaína la fantasía es la exportación creciente de México, más importante que los burritos o las manos impacientes de sus trabajadores migrantes.
El asesinato de Paco Stanley la semana pasada, el querido animandor de televisión, obligó a millones de mexicanos a reconocer la realidad: México se ha convertido en una sociedad violenta, criminal. La imagen del auto de Stanley, lleno de balas, se mostró por la televisión repetidas veces.
Dentro de un día, el ministro de justicia de la Ciudad de México anunció que el señor Stanley (cuya cara recibió 26 balas) llevaba cocaína cuando murió. De repente, los mexicanos tuvieron que contemplar si la vida real de Stanley era más complicada que su personaje televisivo.
La separación entre la realidad y la ficción no es sólo un problema mexicano. Es un problema de NAFTA. El mes pasado un luchador libre canadiénse llamado Owen Hart se cayó de 50 pies y murió en un auditorio de Kansas City. El público creyó que era una trampa una ilusión. Aplaudieron.
Incluso cuando la Patrulla Fronteriza estadounidense ha tratado de impedir la entrada de trabajadores mexicanos a San Diego, ahora jóvenes estadounidenses son aficionados de lo que en México se llama la lucha libre. Luchadores se especializan en lentejuelas, bravata y acrobática.
Mientras que algunos estadounidenses aún están preocupados que el español se convertirá en el segundo idioma de este país, un idioma más importante proveniente de México es la gramática surreal del amor. A caso, ¿no se han dado cuenta? "Days of Our Lives" de repente se parece como una telenovela mexicana con monjas y magia y demonios todo parte del drama del amor.
Por otro lado, las telenovelas de Televisa, la cadena de televisión más grande de México, se parecen a las de Suecia. Algunos años atrás, un ejecutivo de Televisa justificó la ausencia de caras color marrón en la pantalla al preguntar, ¿quién quiere ver personas feas en la televisión?
Especialmente antes que se encontrara cocaína en el cuerpo de Paco Stanley, su asesinato desató una discusión pública sobre quién tenía la culpa. Algunos culparon la incapacidad del alcalde de la Ciudad de México, Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano, el izquierdista más prominente de la nación, y probable candidato para la presidencia mexicana el próximo año. Otros atacaron al partido gobernante, el PRI, famoso por sus vínculos al crimen organizado.
El descubrimiento de la cocaína cambió todo. Porque de repente la costumbre popular mexicana de acusar a otro por los problemas del país fue socavada por la posibilidad que la víctima también fue culpable.
Pero, ¿quién lo puede decir con certeza? Quizas, un amigo mexicano me dijo, alguien colocó las drogas en su cuerpo. (Antes del fin de semana, muchos mexicanos ya habían regresado al reino de su incertidumbre, donde los rumores flotan como fantasmas.)
Desde Monterey, el poder económico de México, donde el valor del capitalismo mex-icano se observa diariamente, llamó un profesor. Pocos intelectuales en Monterey se preocupan del drama del Distrito Federal, dijo el profesor. La mayoría de los intelectuales de Monterey, en la capital del capitalismo mexicano, son marxistas o católicos derechistas.
¿Qué otra novedad hay en Monterey? le pregunté.
Los jóvenes ricos y pobres están bailando juntos en los sitios nocturnos, dijo el profesor. Decadencia democrática. Y todos usan la cocaína porque piensan que es moderno y que se parecerán más a los estadounidenses.
Es una costumbre en ambos lados de la frontera. Los mexicanos culpan a los estadounidenses por la contaminación moral. Los estadounidenses piensan que los narcotraficantes mexicanos han corrumpido a sus jóvenes inocentes. Esta última opinión, pienso, ha resultado últimamente en un romanticismo gringo por el latino buen mozo, evidente en la reciente popularidad de Ricki Martin.
Ahí estaba mirándonos la semana pasada desde la portada de "TV Guide." El Sr. Martin, rubio y buen mozo, es el tipo de vecino que a muchos estadounidenses les gustaría tener, el vecino ideal, nada que ver con el nacrotraficante hispano, picado de viruelas, que tememos.
Hace sesenta años, el abuelo fue a "Tia'wanna" a encontrar una fantasía sexual barata. Treinta años después, los "hippies" estadounidenses fueron al desierto mexicano buscando un brujo que les podría dar los secretos del hongo encantador.
Hace poco, intelectuales estadounidenses, y lectores de la clase media, se han interesado en el realismo mágico. La novela mexicana más exitosa en Estados Unidos es la novela llamada "Como Agua Para Chocolate." Los amantes se besan y de sus bocas salen mariposas. Ancianas indígenas flotan por el aire.
Hace veinte años, después de la aparición de Gabriel García Márquez en Cuidad de México, me acuerdo haber visto colas largas de alemanes y estadounidenses, esperando el autógrafo del maestro ilusionista. Me pregunté, ¿por qué se había convertido el realismo mágico en la manera más fácil para que los europeos y estadounidenses leyeran América Latina?
La verdad es que más y más norteamericanos, como latinoamericanos, de dejan seducir por la magia. En ese sentido, la frontera entre la ficción y la realidad, norte y sur, se está empañando.
Las Vegas, nuestra capital del espejismo, está creciendo a un nivel más rápido que cualquier otra cuidad en el país. Televisa, la emisora en español más grande del mundo, se especializa en lo rubio.
Hace dos semanas, en Canadá, miles de personas atendieron el funeral del luchador libre Owen Hart, cuya caída desde el techo del estadio había sido verdadero. El Sr. Hart había hecho el papel del malo en años recientes, dentro de la ficción surreal de la lucha libre.
En su vida real, Hart tenía 34 años y era el padre de dos niños.
El martes pasado, los aficionados de Paco Stanley llegaron a su funeral. Fue como una escena de Nataniel West. La multitud vestida de luto volcó varias lápidas. La muchedumbre empujó a la familia y los parientes. Incluso, la multitud casí volcó el ataúd.
Cerca de la cripta, la multitud gritaba, exigiendo "justicia". Adentro se había instalado una cámara para que la nación pudiera despedirse una última vez de su querido animador.
Richard Rodriguez es autor de Days of Obligation y ensayista para el News Hour with Jim Lehrer de PBS, escribe para el Los Angeles Times Sunday Opinion, donde apareció una versión más larga de este artículo.
-Traducción al español: Alfonso Serrano F.