December 4, 1998


Hispanic Radio Network/La Red Hispana
LA COLUMNA VERTEBRAL
El Soporte Informativo Para Millones de Hispanos
Por Javier Sierra

La Justicia es un Plato Que se Come Frío

El 25 de noviembre de 1998 quedará en la historia como el día en el que temblaron las poltronas de los tiranos del mundo. Cinco jueces británicos —los llamados Law Lords, el equivalente de la Corte Suprema norteamericana— dictaminaron que el Gen. Augusto Pinochet, el ex dictador chileno, no goza de inmunidad diplomática y debe permanecer arrestado en Londres a la espera de un proceso de extradición a España.

La decisión culminó una tensa espera de seis semanas, después de que Pinochet fuera arrestado y una corte inferior determinara que el general podía regresar a su país. Pinochet había viajado a Inglaterra a someterse a una operación de espalda y de paso a negociar la compra de armamento para el ejército chileno. Pero la noche del 16 de octubre, agentes de Scotland Yard se presentaron en la clínica donde fué operado Pinochet —autoproclamado senador vitalicio de la república— y lo pusieron bajo arresto a petición del juez español Baltasar Garzón, quien lo acusa de genocidio, tortura y desaparición de personas.

El drama que se vive en Londres lo siguen de cerca millones de latinoamericanos que han sufrido en carne propia los horrores de las dictaduras de los 70 y 80. Este drama es también la confirmación de que en Chile, las heridas de la dictadura siguen a flor de piel, que Chile no se encuentra en una transición a la democracia sino en una tregua, que ése es un país sediento de justicia.

Pinochet, sin embargo, vive en la tierra de nunca jamás, en un cuento de hadas con final feliz. Y para confirmar este rechazo a la realidad de su país, no tenemos más que leer su asombroso comunicado días después de ser detenido.

Confesando estar "herido y perplejo", Pinochet alegó que su arresto es negar a los chilenos su derecho a reconciliarse, el mismo derecho que disfrutó Europa tras la Segunda Guerra Mundial. La comparación es disparatada. Aquel conflicto culminó con los juicios de Nuremberg, que mandaron al paredón o a la cárcel a los gerifaltes de la Alemania nazi. ¿Nos imaginamos a Hermann Goering, el heredero de Hitler; o Wilhelm Keitel, el comandante de las fuerzas armadas; o Karl Doenits, el almirante de la armada, como senadores vitalicios de la Alemania de la postguerra? ¿O a Rudolf Hess, el brazo derecho de Hitler, bromeando en una entrevista televisiva sobre las víctimas de su tiránico régimen— tal y como lo ha hecho Pinochet en repetidas ocasiones? La comparación es aún más cruel si recordamos que en 1987 Pinochet le dijo al embajador alemán en Santiago que en el holocausto judio sólo murieron cuatro personas.

El general también recriminó a España por ignorar su pasado dictatorial y, por medio del juez Garzón, impedir que los chilenos se reconcilien. Pinochet olvida que los españoles pudieron evolucionar hacia una sociedad democrática gracias a que con Francisco Franco no sólo se enterraron 40 años de dictadura, sino también los sueños del generalísimo de perpetuar su régimen en el poder. Hoy, diez años después del fin de la dictadura, los chilenos siguen aterrorizados de que los cientos de ex agentes del horror pinochetista, hagan correr de nuevo la sangre al ver a su líder impotente ante la justicia de otro país.

Asimismo, el general declaró que su arresto confirma que en Gran Bretaña no existe libertad de movimiento. Pinochet, después de todo, se olvida que sigue vivo. Esa no fué la suerte de Orlando Letelier, ex embajador chileno en Washington, o del Gen. Carlos Prats, ex jefe de las fuerzas armadas chilenas, quienes murieron asesinados en el extranjero por órdenes del régimen pinochetista.

Y finalmente, Pinochet manifiesta que "Mis conciudadanos se han reconciliado con el pasado de nuestra nación. Ellos son mis verdaderos jueces". En una reciente encuesta, más del 70% de los chilenos apoyan que a Pinochet se le juzgue por sus crímenes. Pese las amenazas más o menos ve-ladas del ex dictador y sus generales han amordazado a la justicia chilena. Quizá al final de este drama, las víctimas del general puedan decir: la justicia es un plato que se come frío.

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