
December 23, 1999
En unos pocos días celebramos con gran alegría la Navidad del Niño Jesús, el penúltimo de este segundo milenio. El viene a salvarnos cubriéndonos con un calor divino para sacarnos de la indiferencia y frialdad. El llega para transformar nuestra humanidad con su amor incondicional. En esta Navidad celebramos el Año Santo, el Año Jubilar.
La fecha es muy importante porque nos indica que la historia humana está señalada y marcada por el nacimiento del Niño. En los libros de la historia se expresa por la iniciales AC (Antes de Cristo) y DC (Después de Cristo). Cristo es el centro de la historia y de la humanidad. La palabra jubileo proviene del hebreo y significa el cuerno que se usaba para congregar al pueblo. El cuerno de un carnero se utilizaba como una trompeta para llamar al pueblo a un evento significativo.
Este Jubileo del Año dos mil nos llama a todos los Cristianos a reunirnos para escuchar de nuevo la voz de Cristo, nuestro salvador y Señor. El nos invita a sentir el amor incondicional de Dios a recibir su perdón reconciliándonos con Dios y el prójimo. No podemos y no debemos pasar este tiempo con un corazón frío e indiferente. El calor humano y divino del Niño nos invita a acercarnos a El para comenzar de nuevo nuestro caminar.
Existe una anécdota de un buen señor que tuvo un sueño que Cristo lo iba a visitar el día de Navidad. El señor tenía más de 50 años y su trabajo era de zapatero. Era invierno y afuera soplaba un fuerte viento frío y la nieve bañaba lentamente la aldea. Muy de mañana se levanta el zapatero para calentar el café y barrer el taller esperando la llegada de Cristo. Por la mañana fueron llegando varios amigos y clientes para saludarlo y desearle una feliz Navidad. El zapatero que era viudo, ansioso esperaba la visita especial.
Por la tarde nevaba más fuerte y muy pocos se veían caminar en las calles. Toda la gente estaba en familia rodeando la fogata hogareña. Pasó la tarde y el zapatero se sentía triste y solo. Por fin casi oscureciendo se oyó un toquido en la puerta. Era un niño casi congelado por el inmenso frío y la nieve. El zapatero le ofreció un café caliente con un pan dulce, viendo que sus zapatos estaban rotos le ofrece repararlos. El niño sin comer y sin casa pronto se hizo amigo del señor y ahí pasó toda la tarde.
El día 26 muy de mañana el niño siguió su camino a otro pueblo pero el zapatero estaba triste porque su sueño no se realizó. Esa noche del 26 rezaba quejándose porque el Señor Jesús no le había visitado. Al día siguiente en sus sueños quedó lleno de admiración y atónito pues el niño que fue a visitarlos era realmente el Niño Dios.
También a nosotros viene a visitarnos el Niño Jesús pero necesitamos abrir de par en par nuestros corazones y hogares.
Abran pues sus corazones al Niño Jesús pues el viene a salvarnos con su paz, amor y perdón. Feliz Navidad a todos.