
December 10, 1999
La presión del elástico en el brazo, el olor a formol del hospital, la mirada desconfiada de la enfermera, el contacto de la aguja con la piel y finalmente la succión apresurada que substrae ese tejido rojo y burbujeante que llena la jeringa; acompañados de un corazón palpitante y una mente aterrada, son elementos tópicos del ambiente en el que puede encontrarse la persona que ha decidido hacerse la prueba del VIH, o el virus de inmunodeficiencia humana.
La sangre no miente. Quien se ha realizado la prueba del SIDA recuerda el sudor frío y el miedo que provoca la espera; ha podido, quizás, sentir el alivio de un resultado negativo o en su defecto, la bofetada lacerante de uno positivo, de ese sí mortal; la certificación que el virus ha entrado en su cuerpo obstinado en dejarle sin defensas, vulnerable hasta el aire que paradójicamente, respira.
Tal fue la experiencia de Martín, un joven hispano, que en 1994 optó por la prueba del SIDA, "por curiosidad" según nos comenta. Desde ese primer análisis Martín ha estado librando una batalla cotidiana por la vida.
"Yo estaba informado, sabía los riesgos de contagio, pero nunca manifesté algún síntoma", explica Martín concluyendo con una frase engañosa que todos conocemos, "jamás pensé que yo me contagiaría".
Martín es solo una de las 50 millones de personas infectadas con el virus del SIDA. Afortunadamente él es también una de las 33 millones de personas que aun están vivas. De acuerdo al último reporte de ONUSIDA, el departamento de Naciones Unidas especializado en la epidemia del SIDA, 16 millones de personas han muerto víctimas de la enfermedad. Este reporte fue hecho público antes de la celebración anual del día mundial del SIDA, que se observa esta primera semana de diciembre.
Gracias a las investigaciones farmaceúticas y a la tecnología Martín ha podido llevar una vida casi normal; es estudiante universitario y cuenta con el apoyo de sus familiares y amigos; en cierta forma, Martín espera el mañana. Si la curiosidad de Martín se hubiera retrasado algunos años, tal vez no viviría para contar. "A veces, la ignorancia nos mata más que la enfermedad", nos dice Martín, y no existe frase más correcta cuando hablamos del SIDA.
Aunque los medios de comunicación, los centros de salud y los servicios públicos nos inundan de información sobre la epidemia del SIDA, un gran número de adultos que contrae el virus parece haber ignorado la información básica, como el de no tener relaciones sexuales sin protección. Otros factores como la verguenza, el pudor, o simplemente la hipocresía hacen que dejemos en segundo plano la importancia de hablar con nuestros seres queridos sobre nuestra sexualidad, nuestros cuerpos, sobre los riesgos que corremos ante ese silencio.
El condón, es una palabra que todavía causa rubor y risas, pero si pensamos que este producto podría prevenir la mortal enfermedad del SIDA, no sería mejor adoptarla más en nuestro vocabulario?
Muchos padres prefieren instruir a sus hijos que se abstengan de las relaciones sexuales que hablar con ellos sobre métodos anticonceptivos. Esas ideas pueden tener buenos resultados, todo ser consciente desea que una relación sexual llegue en el momento en que una pareja goce de la suficiente madurez, particularmente cuando se trata de los hijos; pero podrían también apartarnos de una, si se quiere, cruel realidad, en la que los adolescentes, nos guste o nó, tienen una vida sexual muy activa.
Pero el SIDA no es un problema que afecta sólo a los adolescentes, es una enfermedad daltánica que afecta a mayores y menores, a hombres y mujeres, a homosexuales y heterosexuales, en sí, es un mal que afecta a la humanidad. Todos corremos el riesgo de contraerla.
Yo conozco a mi pareja, es otra frase que retumba con dolor en los oídos de personas como María quien contrajo el virus del SIDA de su marido, el único hombre en su vida. ¿Conocemos en realidad a la persona que comparte nuestro lecho? La confianza, dicen, es la base de toda relación, pero al enfrentarnos a una enfermedad incurable y terriblemente contagiosa, es importante que aprendamos a cuestionar y a cuidarnos.
Tal vez temanos perder al ser amado al pedirle una prueba de SIDA antes del primer encuentro sexual; o nos ofendamos cuando alguien nos pide una a nosotros. Lo más responsable en estos tiempos, y habiendo tenido relaciones sexuales en el pasado, es que hombre y mujer, se sometan a una prueba del virus antes del primer encuentro sexual.
De la misma forma, si desconfiamos de nosotros mismos, no es justo para nuestro prójimo dejar pasar los días y dejarnos llevar por la incertidumbre; es importante realizarce un diagnóstico.
Si el exámen sale negativo es una forma de volver a empezar, de evitar errores peligrosos. Si resulta positivo la ruta podría volverse pedregosa pero no significa el fin de la carretera; el tomar consciencia a tiempo podría salvarnos la vida, como a Martín y María y a millones de personas que viven con SIDA en el mundo.
Si quieres someterte a una prueba del SIDA, la Red Hispana puede proveerte mayor información, llámanos hoy gratis al 1-888-787-2346.