El Presidente, La Becaria, El Inquisdor y el Cuento De Nunca Acabar
El 17 de agosto de 1998 fue uno de los días más vergonzosos en la historia de los Estados Unidos de América. El país entero_de hecho, buena parte del planeta_presenció en televisión en vivo al hombre más poderoso del mundo reconocer que mintió hace siete meses, que realmente tuvo una relación "que no fue apropiada" con una becaria de la Casa Blanca_Monica Lewinsky_y que ahora tiene que responder ante su esposa, su hija y su Dios por tamaño desbarajuste.
Pero eso es sólo la mitad de la historia. en la otra esquina de este marrullero combate de boxeo está el Gran Inquisidor, el investigador independiente Kenneth Starr, quien después de gastar más de $40 millones del tesoro público en averiguar hasta la profundidad de las arrugas de Bill Clinton, finalmente encontró su olla podrida.
Y mirando atónito a esta ring ensangrentado con el prestigio norteamericano, se halla el resto del mundo, incapaz de creer que al borde del siglo 21, un culebrón de la más baja estopa será quizá el legado más recordado del presidente que facilitó uno de los periodos más prósperos de la historia norteamericana. Todo empezó en 1992 con la promesa del Partido Republicano de investigar "hasta los últimos rincones" del entonces gobernador de Arkansas, Bill Clinton.
Este demócrata moderado irrumpió en la política nacional arrebatando la presidencia al triunfador de la Guerra del Golfo, George Bush, quien sólo meses antes de las elecciones parecía invencible. Pero Clinton trajo a Washington mucho más que ideas frescas. Con él venía una maleta llena de controversia y fieles enemigos. En poco tiempo, se puso en marcha la investigación más exhaustival realizada contra un presidente norteamericano. El origen fue un oscuro negocio de terrenos que vino a conocerse en todo el mundo como Whitewater, en el que Clinton y su esposa, Hillary, estuvieron involucrados. Desde entonces, su presidencia se vio juzgada tanto por la opinión de los votantes como por los dictámenes de infinidad de jueces y tribunales. Cuatro años más tarde, dejando un rastro de vidas arruinadas, la investi-gación concluyó que los Clinton no cometieron crimen alguno en la transacción.
Pero sus implacables in-quisidors no dieron su brazo a torcer, y Clinton, con su descabellado comportamiento, dejó las puertas abiertas para sus propia ruina política. En enero de este año, llegó a la luz pública el amorío del presidente con Lewinsky. Esta pobre infeliz confió su secreto a una experta practicante de las maniobras políticas de Washington, una ex funcionaria de la Casa Blanca llamada Linda Tripp. Apro-vechándose de su amistad y jugando el papel de paño de lágrimas, Tripp sonsacó a Lewinsky los detalles de su relación presidencial y secretamente los grabó. En una demostración de que el derecho a la intimidad en este país dista mucho del modelo democrático establecido hace más de 200 años, las cintas llegaron a manos de Starr. Maryland, el estado en el que se completaron las cintas, considera un delito realizar grabaciones telefónicas sin el consenitiento de ambas partes. El Fiscal independiente de un plumazo se deshizo de este inconveniente otorgando total inmunidad a Tripp para usar las grabaciones como evidencia de que Clinton había mentido en una declaración previa en la que negó tal relación.
Desde aquel fatídico día comenzó la tortura del gota a gota que hemos sufrido todos, en especial un presidente Clinton paralizado políticamente por el escándalo. En enero, el mandatario declaró rotunda-mente que "jamás he mantenido una relación sexual con esa mujer, la Sta. Lewinsky." Siete meses después, fuentes de la Casa Blanca aseguran que hasta la Sra. Clinton lo creyó. Hoy (18-8-98) el presidente, humillado, emprendió sus vacaciones con su esposa e hija.
Todos debemos aprender nuestras lecciones de este triste episodio. Por un lado, re-cordemos la debacle política y moral que el comportamiento de Bill Clinton ha causado a su partido, sus seguidores y sobre todo a su familia. Gracias a su inmensa habilidad política, en unos meses es probable que resucite de sus cenizas, como ya lo ha hecho en repetidas ocasiones. Pero su incontrolable inclinación por tentar al diablo amenaza sin cesar con ser su legado, mejor dicho, su epitafio político.
Por otro lado, el escándalo deja_hasta el momento_impune la figura de un inquisidor omnipotente, motivado por sus propias convicciones políticas y apoyado por los enemigos más recalcitrantes de Clinton, a arrastrar por el barro al presidente de EEUU y todo aquel que se impusiera en su camino.
El combate parece haber terminado. Aunque Starr dice querer otro asalto más. Pero imitando a quel gran boxeador panameño Roberto "Mano de Piedra" Durán los espectadores suplicamos "no más".
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