
August 13, 1999
Una expresión que, alguna que otra vez, todos hemos dicho. Y también la dijo el gran golfista argentino Roberto De Vicenzo, hace 30 años atrás, en el Torneo de Maestros, de Augusta, Georgia - cuando se anotó para un score mayor (4) del que hizo (3) en el hoyo 17 de la segunda vuelta, perdiendo así la oportunidad de la semifinal con Bob Goalby.
Sin embargo, la serenidad con que aceptó la situación hizo del nombre Roberto de Vicenzo sinónimo de verdadero deportista. En un Torneo de Maestros que no logró ganar, De Vicenzo resultó ser un campeón.
Durante su larga carrera deportiva abrió las puertas para generaciones de golfistas sudamericanos. Llegó a ser profesional en 1938 a la edad de 15 años. Participó en el PGA Tour en 1947 y ganó nueve victorias. A las que le siguieron 200 torneos en distintas partes del mundo, con sus respectivos triunfos, e innumerables honores de nivel internacional -incluyendo el "Olimpia de Plata" al deportista argentino del siglo.
Pero el legado magnífico de Roberto De Vicenzo fue las innumerables amistades que hizo en sus viajes alrededor del mundo como embajador del golf.
Uno de esos amigos fue Seve Ballesteros, quien fue incorporado a la Galería de la Fama del Golf (Golf Hall of Fame) en marzo de este año y, en la ceremonia, recordó con afecto su primer encuentro con De Vicenzo en el Campeonato Abierto Británico de 1976.
De todas las anécdotas que revelan la integridad de este caballero del golf, mi favorita es el episodio que ocurrió en el estacionamiento de un country club, después que recibió un cheque por haber ganado el torneo. Cuando esta subiendo a su auto, una mujer desesperada se le acercó, y le dijo de su único que estaba muriendo de una terrible enfermedad. Sólo podían salvar al niño una operación costosa, y una enorme cantidad de medicamentos. La desesperada mujer le suplicó, e inmediatamente De Vicenzo endosó el cheque y se lo dio.
Al dia siguiente un amigo, que los había visto en el estacionamiento, lo llamó por teléfono y le dijo, "¿te dijo que su hijo se está muriendo, y que la ayudaras a salvarlo?" "Si," contestó De Vicenzo, "se la veía realmente desesperada". A lo que el amigo replicó, "pues lamento decirte que esa señora es un fraude. La hemos visto varias veces por esa zona, y se ha aprovechado de varias personas que le creyeron".
"¿Entonces el niño no se está muriendo?"
"¡Por supuesto que no!"
Y De Vicenzo pensó en voz alta, "pues es la mejor noticia que he oído hoy".
Tanto en la vida como en el golf, lo inesperado ofrece muchas veces la oportunidad de ver el verdadero valor de la persona. Lo que pasó en el hoyo 17 de Augusta, Georgia, fue un simple error que se convirtió en caballerosidad deportiva. Lo que pasó en el estacionamiento del country club reveló una medida más profunda del hombre. En cada episodio Roberto De Vicenzo mostró la ecuanimidad y clase de lo que es un verdadero campeón.
¡Ojalá muchos más de nosotros...pudiéramos `ser tan tontos'!
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