August 13, 1999


MEXICO: LA DEMOCRACIA INCIERTA

Por Alejandro Alvarado Bremer.

El sistema político mexicano transita por un doble desafío: por un lado, el PRI realiza por primera vez un ejercicio de democracia interna; por el otro, una oposición profundamente dividida ideológicamente trata de unirse para derrocar al partido que ha gobernado México por más de setenta años.

La tradición política del PRI instituyó que el presidente en turno designara a su sucesor después de ponderar la relación de fuerzas entre los grupos políticos y el contexto internacional. Esa tradición no se ha roto, y el presidente Zedillo tiene especial predilección por el que fuera su Secretario de Gobernación, Francisco Labastida Ochoa. Pero hay un problema. Roberto Madrazo, un aguerrido y astuto político tabasqueño parece no estar dispuesto a seguir el juego del presidente y, ante una popularidad que, según las encuestas, lo ubica en primer lugar, busca afanosamente la candidatura del PRI. Roberto es hijo del fallecido político tabasqueño, Carlos Madrazo, que en los años sesenta intentara infructuosamente democratizar al partido en el poder. Por lo visto hasta ahora, el hijo rebelde, presenta un programa político distinto al de los neoliberales: se opone a la privatización de PEMEX y de la Comisión Federal de Electricidad. Hace unos días tuvo que modificar un lema electoral que, de hecho, lo enfrentaba con el presidente: "Dale un Madrazo al Dedazo!", en alusión a la preferencia de Zedillo por Labastida.

Y esa preferencia no tiene nada de malo. En una democracia no esta vetado el que un presidente favorezca a X o Y candidato. Aquí en Estados Unidos el presidente Bill Clinton prefiere a Al Gore por encima de los otros candidatos de su partido, pero hay de él si utiliza o desvía fondos federales para que obtenga la nominación. Pero como México apenas se asoma a un libre juego entre partidos, las regulaciones no son lo suficientemente estrictas, ni los órganos de control suficientemente sólidos, como para garantizar que el grupo en el poder no vaya a utilizar recursos públicos para favorecer a Labastida. Para como van las cosas, la lucha interna en el PRI puede terminar con el despido de la tecnocracia que se hizo del poder en 1982, y el rotorno de los brujos, de la vieja guardia priísta. Por lo pronto, Zedillo acaba de realizar cambios en su gabinete para fortalecer la candidatura de Labastida. Movió a su responsable de la lucha contra la pobreza a apoyar la candidatura del preferido, y ascendió a Secretario de Desarrollo Social a uno de los hombres más informados de México, quien dirigiera por diez años los servicios de información y estadística nacionales.

Ante el robustecimiento del PRI los partidos opositores no confían en su acción individual para vencer al gigante. La derecha y la izquierda buscan, no sin problemas e inevitables riesgos de división interna, unir sus fuerzas. Las diferencias van desde el método para seleccionar al candidato de unidad opositora hasta los estatutos, principios y programa de gobierno. Aunque el Instituto Federal Electoral recientemente estableció las reglas para formar coaliciones, todos los días surgen dudas sobre la viabilidad de un proyecto de esta naturaleza. Entre la izquierda y la derecha sólo hay un objetivo común claramente definido: derrocar al PRI, pero ni en economía ni en política social hay coincidencias. Los críticos del esfuerzo ven en el horizonte el logro objetivos de muy corto plazo, pero enormes conflictos que podrían orillar a la ingobernabilidad en el mediano plazo. Es probable que por eso las encuestas de opinión sigan mostrando al PRI en la cima de las preferencias electorales. Sin embargo, si la alianza opositora logra definir y comprometerse con un programa bien estructurado de transición a la democracia, portado por un candidato con fuerte respaldo popular, el escenario puede volverse adverso para el PRI.

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